El mercado global de nutracéuticos ya supera los 500.000 millones de dólares anuales y crece a un ritmo cercano al 5%-8% cada año, impulsado por consumidores que buscan prevenir enfermedades crónicas antes que tratarlas.
Chile no es la excepción a esa tendencia: la demanda por productos orientados a la salud cognitiva, cardiovascular y articular crece sostenidamente, pero el país todavía no cuenta con una categoría sanitaria propia para estos productos, lo que obliga a la industria a autoimponerse estándares que compensen ese vacío regulatorio.
En la práctica, la mayoría de los nutracéuticos que circulan en el mercado chileno se comercializan bajo la figura de suplemento alimentario y quedan sujetos al Reglamento Sanitario de los Alimentos. Esa normativa fija exigencias generales de elaboración, importación, rotulado y comercialización, pero no certifica por sí sola la calidad de las materias primas ni la concentración real de los principios activos declarados en el envase, un punto crítico para una categoría donde la eficacia depende directamente de la dosis.
Frente a ese escenario, algunos laboratorios locales han optado por adoptar voluntariamente marcos de control propios de la industria farmacéutica. Es el caso de Nutrapharm, que trabaja con Buenas Prácticas de Manufactura (GMP) y sistemas HACCP para la gestión de riesgos, además de mecanismos de trazabilidad que permiten reconstruir el recorrido de cada materia prima desde su recepción hasta el envasado final del lote.
La compañía complementa ese esquema con un sello propio, NaturePure, que exige el uso de ingredientes respaldados por farmacopeas reconocidas y controles de calidad verificables en cada etapa productiva.
Ese enfoque se refleja en el desarrollo de fórmulas específicas. Momeria, orientada a procesos cognitivos, combina fosfatidilserina, bitartrato de colina, extracto de Panax ginseng, ácido L-glutámico y vitaminas del complejo B; es libre de azúcar y lactosa, y apta para dietas veganas.
My Omega Red, por su parte, apunta a un segmento donde la evidencia científica es particularly robusta: los ácidos grasos omega-3. La fórmula combina aceite de krill antártico (Euphausia superba) con aceite de pescado concentrado, y cada cápsula entrega 700 miligramos de omega-3, de los cuales 630 miligramos corresponden a EPA y DHA, los ácidos grasos con mayor respaldo clínico para salud cardiovascular, cognitiva y articular.
El producto cuenta con la certificación Friend of the Sea, que acredita prácticas de pesca sostenible, y ha sido analizado localmente para descartar contaminación por metales pesados, un control relevante considerando que los aceites marinos son particularmente susceptibles a esa problemática.
El tercer eje es la salud articular, representado por Parflex, que incorpora UC-II, colágeno tipo II no desnaturalizado. A diferencia del colágeno hidrolizado, que solo aporta aminoácidos, el UC-II conserva su estructura tridimensional intacta y llega sin degradarse hasta las placas de Peyer, tejido linfoide del intestino delgado.
Allí interactúa con el sistema inmune a través de un mecanismo llamado tolerancia oral: induce la formación de linfocitos T reguladores específicos para el colágeno articular, que luego circulan hacia las articulaciones y liberan citoquinas antiinflamatorias como TGF-beta e IL-10, contribuyendo a modular la inflamación sin recurrir a dosis altas de fármacos.
Mientras el Instituto de Salud Pública no defina una categoría sanitaria específica para nutracéuticos, certificaciones internacionales, trazabilidad documentada y respaldo científico de cada ingrediente seguirán siendo las variables que realmente distinguen a un producto serio de una simple promesa de etiqueta, un criterio cada vez más determinante para un consumidor que exige evidencia, no solo bienestar percibido.



