Un nuevo estudio realizado en Argentina volvió a poner bajo la lupa la exposición de la población a los agroquímicos, al detectar residuos de glifosato y otros plaguicidas en muestras biológicas humanas.
El hallazgo central resulta contundente: el 86% de los argentinos analizados presenta residuos de plaguicidas en su organismo, una cifra que reabre la discusión sobre la sostenibilidad del modelo agrícola convencional que domina la producción del país desde hace más de tres décadas.
La nutricionista Lorena Narpe, que analizó los resultados del estudio, advirtió sobre los riesgos de sostener indefinidamente un esquema productivo que depende en gran medida de insumos sintéticos, y planteó la necesidad de repensar el modelo agrícola vigente, al señalar que este tipo de agrotóxicos está presente en prácticamente toda la cadena alimentaria.
El glifosato, herbicida de amplio espectro desarrollado originalmente por la empresa Monsanto y hoy propiedad de Syngenta, es el plaguicida de uso más extendido en el agro argentino, estrechamente asociado a la expansión del cultivo de soja transgénica desde la década de 1990.
Ese modelo, conocido en la literatura científica como "agriculturización", intensificó tanto la superficie sembrada como el uso de agroquímicos, consolidando a la oleaginosa como uno de los pilares de las exportaciones del país, pero también como uno de los principales factores asociados a la pérdida de nutrientes y materia orgánica en los suelos pampeanos, según estudios de distintas universidades nacionales.
Frente a ese diagnóstico, la evidencia científica también ofrece una señal alentadora en el plano individual: investigaciones citadas por la propia nutricionista muestran que reemplazar la dieta convencional por alimentos orgánicos durante apenas dos semanas logra reducir hasta en un 90% la excreción urinaria de glifosato, un dato que demuestra la rapidez con la que el organismo puede disminuir su carga de exposición cuando cambia la fuente de sus alimentos.
El debate técnico en Argentina no se reduce a una disputa binaria entre agricultura convencional y agricultura orgánica. Investigadores del sistema científico nacional distinguen un tercer camino, la agroecología, que propone estudiar al ecosistema agrícola como unidad de análisis integral y busca reducir la dependencia de insumos sintéticos sin resignar necesariamente escala productiva, mediante rotación de cultivos, manejo biológico de plagas y fortalecimiento de la biodiversidad del suelo.
Encuestas a técnicos extensionistas del sector agropecuario muestran, sin embargo, que la balanza de percepciones todavía se inclina mayoritariamente hacia el polo de la agricultura convencional moderna, reflejo de décadas de infraestructura, financiamiento y formación técnica orientada a ese paradigma.
La discusión tiene, además, una dimensión de política pública que atraviesa gobiernos de distinto signo desde los años noventa: la regulación del uso y aplicación de agroquímicos en Argentina avanzó de forma fragmentada, con provincias que establecieron restricciones de distancia para fumigaciones cerca de zonas urbanas, mientras el modelo productivo de exportación, orientado principalmente a soja, maíz y trigo, sigue concentrando la mayor parte de la superficie cultivada del país.
Para especialistas en nutrición y salud ambiental, la recomendación inmediata frente a este escenario pasa por acciones accesibles para el consumidor: priorizar alimentos de estación, optar por productos orgánicos certificados cuando sea posible y lavar adecuadamente frutas y verduras, mientras la discusión de fondo sobre el futuro del modelo agroproductivo argentino sigue abierta entre el sector científico, el agronegocio y los formuladores de política agrícola del país.













