El mercado vitivinícola argentino profundiza su fase contractiva tras registrar en febrero una caída interanual del 5,5% en el consumo interno. El retroceso se inscribe en un contexto macroeconómico adverso, marcado por alta inflación, deterioro del ingreso disponible y una creciente presión competitiva en góndolas, factores que reconfiguran tanto la demanda como la estrategia comercial de las bodegas.
El desempeño por segmentos evidencia una dinámica heterogénea. Los vinos sin mención varietal —que concentran más del 70% del volumen comercializado— disminuyeron 4,3%, mientras que los varietales retrocedieron 10,2% y los espumosos 7,9%. En el acumulado del primer bimestre, los vinos de entrada logran sostener una leve expansión de 0,6%, en contraste con las caídas de 9,3% en varietales y 8,6% en espumosos. Esta divergencia confirma una migración del consumidor hacia opciones de menor precio relativo, fenómeno también observable en otras categorías de consumo masivo.
La contracción responde principalmente a factores de ingreso. El consumo per cápita anual pasó de 23,8 litros en 2015 a 15,77 litros en 2025, lo que implica una reducción cercana al 34% en una década. En febrero de 2026, el consumo mensual se ubicó en 1,09 litros por habitante, con una caída interanual del 5,7%. Este descenso refleja la pérdida sostenida de poder adquisitivo, especialmente en el segmento de consumidores de entre 40 y 60 años, históricamente el núcleo de la demanda. Este grupo, compuesto mayormente por trabajadores formales y profesionales, concentra más del 60% del consumo de vino tinto y ha reducido significativamente su frecuencia de compra.
En paralelo, el mercado atraviesa una transformación estructural. Durante los últimos años, la premiumización impulsó el crecimiento de vinos varietales y de mayor valor agregado, elevando el ticket promedio. Sin embargo, en el actual escenario, esa sofisticación amplifica la caída, ya que los productos de mayor precio presentan una elasticidad más alta frente a la reducción del ingreso real. A nivel comercial, esto se traduce en una mayor rotación de segundas marcas, formatos económicos y presentaciones alternativas, como envases multilaminados o botellas de menor volumen.
En términos productivos, la industria enfrenta además incrementos en costos clave. Insumos como vidrio, etiquetas, logística y energía han registrado subas por encima del promedio general, presionando los márgenes. A esto se suma la volatilidad cambiaria, que impacta tanto en insumos importados como en la competitividad exportadora.
El frente externo también muestra señales de cambio. Aunque el volumen total de vino importado cayó 60,2% en 2025, se observa un crecimiento del 406,9% en vinos fraccionados. Este segmento, de mayor valor agregado, gana presencia directa en el canal minorista, con etiquetas provenientes principalmente de Chile, España y Francia. La tendencia redefine la competencia: en un mercado en retracción, crece la oferta extranjera en segmentos donde históricamente predominaban productos nacionales.
A nivel regional, la dinámica es dispar. Mendoza logra sostener cierto crecimiento en despachos internos, mientras que otras provincias productoras registran caídas más pronunciadas. Esta brecha acelera procesos de concentración y pone en tensión la sostenibilidad de pequeños y medianos productores.
En este contexto, la recuperación del sector dependerá de una mejora en el ingreso real y de estrategias que equilibren volumen y valor. La industria enfrenta el desafío de adaptarse a un consumidor más sensible al precio, sin resignar posicionamiento ni rentabilidad en el mediano plazo.



