La Alianza Latinoamericana de Asociaciones de la Industria de Alimentos y Bebidas celebró en Santiago de Chile su XXVII Encuentro Anual con una premisa clara: la ciencia debe ser el puente entre quienes producen conocimiento, quienes fabrican alimentos y quienes toman decisiones de política pública.
La cita coincidió con el Día Mundial de la Alimentación y reunió a asociaciones y empresas de toda la región para discutir cómo se genera la evidencia, cómo se comparte y cómo se comunica a la sociedad.
El peso del sector explica la relevancia del debate. La alianza agrupa a 28 asociaciones de 16 países y representa a más de 435.000 empresas, de las cuales 96% son mipymes, que generan más de 7 millones de empleos directos.
Es una industria de enorme escala y fragmentada a la vez, donde las pequeñas compañías suelen carecer de laboratorios propios y dependen de estándares técnicos compartidos para garantizar inocuidad y calidad.
Su presidente subrayó que detrás de cada alimento que llega seguro a los hogares hay años de investigación, innovación tecnológica y controles rigurosos, y que la responsabilidad del sector incluye abrir espacios de diálogo con investigadores, autoridades y consumidores.
El presidente de la asociación anfitriona, AB Chile, añadió que las alianzas público-privadas, la academia y la evidencia empírica permiten diseñar regulaciones basadas en datos y no en opiniones, de modo que las normas beneficien a todos y no se orienten contra una industria en particular.
Esa visión fue respaldada desde el sector público. El ministro de Agricultura de Chile destacó la importancia de que las decisiones se adopten con base científica y planteó que la sostenibilidad debe entenderse como un concepto integral, económico, ambiental y social. Recordó, además, el modelo agroexportador chileno, que apunta a abastecer a los consumidores locales y a cientos de millones de personas en el mundo.
El hecho más concreto fue la firma de un memorando de entendimiento con la asociación regional de ciencia y tecnología de alimentos, su presidenta mostró cómo la disciplina permitió avanzar en conservación, inocuidad, acceso y valor nutricional, desde la pasteurización y el envasado aséptico hasta la fortificación de alimentos básicos, el acuerdo fija un plan conjunto de divulgación científica, participación en eventos y comunicación.
La inocuidad es un frente donde la evidencia es decisiva: según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, las enfermedades transmitidas por alimentos afectan a unos 600 millones de personas al año en el mundo.
La agenda de sostenibilidad incorporó el diálogo con la Oficina Regional de la FAO. La alianza presentó la primera versión de un documento regional de buenas prácticas que sistematiza experiencias de empresas con la agricultura familiar: vínculos de largo plazo con pequeños productores, asistencia técnica, financiamiento, cuidado del suelo y del agua, e inclusión.
Se ampliará con nuevos casos y países durante 2027. El tema es estratégico en una región que pierde alrededor de 11,6% de lo que produce antes de llegar al comercio.
El debate global sobre plásticos ocupó otra parte de la jornada, el sector sostuvo que cualquier avance hacia la circularidad debe garantizar con evidencia la inocuidad de los materiales en contacto con alimentos.
En términos técnicos, eso implica ensayos de migración global y específica de sustancias desde el envase hacia el alimento, y, en el caso de los plásticos reciclados, procesos validados mediante pruebas de desafío que demuestren la eliminación de contaminantes.
La industria se comprometió a poner ese conocimiento a disposición de las discusiones regulatorias regionales e internacionales, en un momento en que normas como el reglamento europeo de envases ya exigen nuevos estándares a los exportadores.
El mensaje final fue de articulación: sin datos sólidos, ni la innovación ni la regulación logran sostenerse, y con ciencia accesible las decisiones, públicas y privadas, ganan calidad.



