La relación de los jóvenes con el alcohol está cambiando y Uruguay no es ajeno a esa transformación. La Generación Z —nacidos entre mediados de los noventa y comienzos de la década de 2010— no abandona necesariamente el consumo, pero sí lo redefine: prioriza el bienestar físico, la salud mental y el rendimiento diario por encima de los patrones tradicionales de socialización asociados a la bebida.
El Dr. Matías Ibáñez, fundador de Clínica Pellet, sostiene que el fenómeno no implica una prohibición absoluta, sino una moderación consciente. La preferencia se orienta hacia experiencias sin resaca, menor impacto en el sueño y mayor claridad cognitiva. En ese contexto, crece la demanda por cervezas 0.0, vinos desalcoholizados, destilados sin alcohol y mocktails sofisticados, mientras bares y restaurantes amplían sus cartas con propuestas funcionales y saludables.
Las cifras globales respaldan esta tendencia. Estudios de mercado internacionales muestran que el segmento de bebidas sin alcohol y de bajo contenido alcohólico crece a tasas superiores al mercado total de bebidas alcohólicas, impulsado por consumidores jóvenes que buscan equilibrio. En algunos mercados desarrollados, el crecimiento anual compuesto de la categoría 0.0 supera el 7%, mientras que la cerveza tradicional avanza a ritmos más moderados. Grandes grupos multinacionales han invertido en líneas “alcohol free” como parte de su estrategia de diversificación y fidelización.
El cambio también responde a factores regulatorios y culturales. En Uruguay, el control de la conducción bajo efectos del alcohol y las campañas de prevención han contribuido a modificar conductas. Sin embargo, el motor principal parece ser estructural: una generación que valora la productividad, el autocuidado y la estabilidad emocional. Investigaciones en neurociencia han documentado que incluso consumos considerados moderados pueden alterar la arquitectura del sueño, afectar la consolidación de la memoria y aumentar marcadores inflamatorios sistémicos.
Datos oficiales indican que el 82% de los estudiantes de secundaria en Uruguay ha probado alcohol alguna vez, y que alrededor de 300.000 personas presentan patrones de consumo problemático. El alcohol continúa siendo uno de los principales factores de riesgo asociados a enfermedades hepáticas, cardiovasculares y trastornos de ansiedad. Frente a este escenario, la reducción voluntaria —aunque sea temporal— se posiciona como estrategia preventiva.
En la práctica clínica se observa que quienes disminuyen o suspenden el consumo reportan mejoras en la calidad del descanso, reducción de episodios de ansiedad, mayor energía y mejor desempeño laboral. La decisión, lejos de percibirse como restrictiva, se asocia a una sensación de control y coherencia con metas personales. El concepto de “sobriedad consciente” gana espacio en redes sociales y comunidades digitales donde se comparten experiencias y estrategias.
Para la industria, el desafío es estratégico. El modelo basado exclusivamente en volumen cede terreno frente a uno centrado en bienestar y diversidad. Las empresas que integran portafolios sin alcohol no solo captan nuevos consumidores, sino que amplían ocasiones de consumo: almuerzos laborales, eventos deportivos, encuentros familiares y espacios donde antes la oferta era limitada.
Persisten, sin embargo, barreras culturales. El estigma alrededor de pedir ayuda o cuestionar hábitos sigue presente. La prevención activa incluye planificar actividades sociales donde el alcohol no sea el eje central, comunicar con anticipación la decisión de no beber, incorporar alternativas atractivas y, cuando sea necesario, buscar apoyo profesional.
La Generación Z marca el ritmo de esta transición. Más que abstinencia, propone una nueva narrativa: disfrutar sin comprometer la salud. Uruguay observa cómo ese cambio cultural abre oportunidades económicas y, al mismo tiempo, redefine la manera en que una sociedad entiende el consumo y el bienestar.



