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"Síndrome de Korsakoff" demencia alcohólica subdiagnosticada y prevenible

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El síndrome de Korsakoff, también denominado síndrome de Wernicke-Korsakoff, es una de las alteraciones neurológicas más graves asociadas al consumo crónico de alcohol. Se caracteriza por una pérdida profunda de la memoria, desorientación y dificultades para adquirir nueva información, y está directamente vinculado al déficit de vitamina B1 o tiamina, un micronutriente esencial para el metabolismo cerebral. A pesar de su impacto clínico y social, sigue siendo una condición ampliamente subdiagnosticada y, en muchos casos, detectada cuando el daño ya es irreversible.

La tiamina cumple un rol central en la producción de energía a nivel neuronal y en la transmisión de impulsos nerviosos. El consumo prolongado de alcohol interfiere con su absorción intestinal, su almacenamiento hepático y su activación metabólica. A esto se suma que las personas con trastornos por consumo de alcohol suelen presentar dietas pobres en micronutrientes, lo que agrava el déficit. El resultado es una lesión progresiva en áreas cerebrales clave para la memoria y la orientación, como los cuerpos mamilares, el tálamo y el hipotálamo.

Datos epidemiológicos indican que hasta 8 de cada 10 casos pueden no ser diagnosticados correctamente, en parte porque los síntomas iniciales se confunden con otros cuadros neuropsiquiátricos o con los propios efectos del alcohol. En etapas avanzadas, el síndrome se manifiesta con amnesia anterógrada marcada, dificultad para recordar eventos recientes, confabulación —el relleno involuntario de lagunas de memoria— y deterioro funcional significativo, que compromete la autonomía del paciente.

Antes de que se establezca el síndrome de Korsakoff, muchos pacientes atraviesan un episodio de encefalopatía de Wernicke, un trastorno neurológico agudo también causado por déficit de tiamina. Esta fase previa se considera una urgencia médica. Sus signos más frecuentes incluyen confusión mental, alteraciones de la marcha, falta de coordinación muscular, debilidad generalizada, hipotensión, hipotermia y trastornos oculares como nistagmo, visión doble o caída de los párpados. Sin tratamiento oportuno, una proporción significativa de estos casos progresa hacia una demencia permanente.

Desde el punto de vista clínico, el tratamiento se basa en la administración inmediata de tiamina, preferentemente por vía parenteral en fases agudas, junto con la suspensión del consumo de alcohol y el abordaje integral del trastorno por uso de sustancias. Sin embargo, una vez instaurado el síndrome de Korsakoff, la recuperación cognitiva suele ser parcial y lenta, y en muchos pacientes el deterioro es permanente, con necesidad de cuidados a largo plazo.

El impacto de esta patología trasciende el ámbito sanitario. La pérdida de productividad laboral, el aumento de la dependencia social y la carga sobre los sistemas de salud y de cuidado crónico generan costos significativos. Estudios en salud pública estiman que los trastornos neurocognitivos asociados al alcohol representan una fracción relevante del gasto en hospitalizaciones prolongadas y atención sociosanitaria, especialmente en poblaciones envejecidas y vulnerables.

La prevención continúa siendo la herramienta más eficaz. Las estrategias con mayor evidencia incluyen la reducción del consumo nocivo de alcohol mediante políticas de control de disponibilidad, aumento de impuestos, restricción de la publicidad y etiquetado con advertencias sanitarias claras. En el ámbito clínico, la detección temprana del consumo problemático y la suplementación con tiamina en poblaciones de riesgo son medidas costo-efectivas y ampliamente recomendadas.

El síndrome de Korsakoff pone en evidencia que el alcohol no solo afecta al hígado o al sistema cardiovascular, sino que puede generar daño cerebral profundo y duradero. Reconocerlo a tiempo, intervenir de forma precoz y fortalecer las políticas de prevención resulta clave para reducir una demencia evitable que continúa avanzando de manera silenciosa.

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