El año 2026 se perfila como un período de alta complejidad para el comercio minorista de alimentos en Brasil. Aun con estímulos coyunturales como el Mundial de fútbol y la exención del impuesto sobre la renta para trabajadores con ingresos mensuales de hasta R$ 5.000, el consumo seguirá condicionado por un entorno macroeconómico desafiante y por cambios profundos en el comportamiento de los hogares.
Inflación, crédito más caro y nuevas prioridades de gasto configuran un escenario de crecimiento moderado y alta selectividad.
Los datos más recientes de la encuesta Consumer Insights de Worldpanel by Numerator muestran que en 2025 los brasileños ya habían ajustado su forma de comprar. Las visitas al supermercado se volvieron más frecuentes, pero con menos artículos por ticket y un gasto promedio menor. Al mismo tiempo, aumentó la diversificación de categorías, reflejando una estrategia defensiva para estirar el presupuesto frente al alza de precios y al costo del financiamiento. Esta lógica se mantendría en 2026, aunque con algunos matices.
La exención del impuesto sobre la renta para ingresos de hasta R$ 5.000 podría liberar cerca de R$ 30.000 millones para el consumo. Sin embargo, el efecto neto es incierto. Parte de ese ingreso adicional podría diluirse en otros compromisos financieros, como servicios, transporte, salud o deudas acumuladas. A ello se suma un factor clave: la inflación alimentaria. Proyecciones económicas estiman que los precios de los alimentos podrían aumentar alrededor de 4,6% en 2026, frente a un avance mucho más moderado en 2025. Este diferencial presiona el poder adquisitivo y limita el margen de expansión del gasto en supermercados.
En paralelo, emergen fenómenos que reconfiguran la demanda. Uno de los más relevantes es el crecimiento del uso de medicamentos para el control del peso basados en semaglutida, conocidos popularmente como “plumas adelgazantes”. Estos tratamientos, cada vez más difundidos, están modificando patrones de consumo: menor ingesta de alimentos ultraprocesados, bebidas alcohólicas y dulces, y mayor preferencia por productos frescos, proteínas y porciones controladas. Estudios de mercado indican que, tras iniciar este tipo de tratamiento, el consumo total de alimentos en un hogar puede reducirse de forma significativa, generando un impacto directo en volúmenes vendidos.
Mientras la industria farmacéutica y el canal de farmacias capitalizan este crecimiento —con un mercado global que podría acercarse a los 9.000 millones de dólares hacia el final de la década—, los fabricantes de alimentos procesados y el retail enfrentan la necesidad de adaptar surtidos. El énfasis se desplaza hacia opciones percibidas como más saludables, funcionales y de mayor valor agregado, en detrimento de categorías tradicionales de alto volumen.
Otro vector de presión sobre el presupuesto familiar es la expansión de las apuestas deportivas. El gasto en este segmento se multiplicó en pocos años, pasando de poco más de R$ 400 millones mensuales a cifras cercanas a R$ 3.000 millones. Este flujo de recursos, concentrado especialmente en los estratos socioeconómicos medios y bajos, compite directamente con el consumo esencial, incluidos los alimentos. Con el Mundial como catalizador, las plataformas de apuestas intensifican su presencia publicitaria, lo que podría amplificar este desvío de gasto.
Aun así, eventos como el Mundial y el calendario electoral suelen estimular categorías específicas, como bebidas, carnes y productos para reuniones sociales. El desafío para el comercio minorista será capturar esas oportunidades sin perder de vista un consumidor más racional, fragmentado y atento al precio. En 2026, el éxito no dependerá solo del volumen, sino de la capacidad de leer estas nuevas prioridades y traducirlas en propuestas más flexibles, saludables y alineadas con un contexto económico restrictivo.



