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Tres proteínas clave para fortalecer salud después de los 50

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En un mercado alimentario cada vez más sofisticado —donde conviven etiquetas “high protein”, fórmulas funcionales y promesas de longevidad— la evidencia científica sigue apuntando a un principio básico: después de los 50 años, asegurar una ingesta adecuada de proteínas de alto valor biológico es determinante para preservar masa muscular, fuerza y autonomía.

La pérdida progresiva de músculo asociada al envejecimiento, conocida como sarcopenia, puede comenzar desde la quinta década de vida. Organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura advierten que una proporción relevante de adultos mayores no alcanza los niveles diarios recomendados. Diversos consensos científicos sugieren que, a partir de los 50 años, el requerimiento puede situarse entre 1,0 y 1,2 gramos de proteína por kilo de peso corporal al día, por encima del mínimo establecido para adultos jóvenes.

En ese contexto, tres alimentos destacan por su calidad nutricional, disponibilidad y respaldo científico.

Huevos: proteína completa de alta biodisponibilidad

El huevo se mantiene como referencia en calidad proteica. Cada unidad aporta alrededor de seis gramos de proteína y cerca de 70 calorías, además de vitamina B12, vitamina D, colina y riboflavina. Su perfil incluye los nueve aminoácidos esenciales, entre ellos leucina, clave para activar la síntesis de proteína muscular.

Durante años se debatió su impacto sobre el colesterol sanguíneo, pero revisiones recientes muestran que, en la mayoría de la población sana, el consumo moderado de huevos no se asocia con mayor riesgo cardiovascular. Esto ha contribuido a su reposicionamiento comercial como alimento funcional accesible y versátil.

En términos de mercado, el huevo ofrece una relación costo-proteína difícil de igualar frente a carnes o suplementos. Su practicidad —cocido, revuelto, en omelette o incorporado a preparaciones— facilita su inclusión diaria en desayunos o comidas principales, especialmente en personas que necesitan fraccionar la ingesta proteica a lo largo del día.

Yogur: fermentación, microbiota y masa muscular

El yogur, con más de cuatro milenios de historia, combina proteína de alto valor biológico con beneficios metabólicos asociados a la fermentación. Las bacterias lácticas vivas contribuyen al equilibrio de la microbiota intestinal, un factor cada vez más vinculado con inflamación sistémica, inmunidad y salud metabólica.

Una porción de 100 gramos de yogur natural aporta en promedio cuatro gramos de proteína, cifra que puede duplicarse en versiones tipo griego. Además, contiene calcio altamente absorbible, fósforo, potasio y vitaminas del complejo B.

En adultos mayores, el aporte conjunto de proteína y calcio resulta estratégico para preservar masa ósea y muscular. Estudios clínicos han observado que dietas con adecuada distribución de proteína en cada comida favorecen la síntesis muscular frente a patrones concentrados en una sola ingesta.

El segmento comercial también ha evolucionado: hoy predominan opciones sin azúcar añadida, enriquecidas con proteína extra o probióticos específicos, orientadas a consumidores que buscan funcionalidad más allá del aporte calórico.

Microalgas: innovación sostenible con alto contenido proteico

En la frontera entre nutrición y biotecnología, las microalgas emergen como fuente concentrada de proteína y compuestos bioactivos. Variedades como la Spirulina pueden contener hasta 60–70 % de proteína en peso seco, además de hierro, antioxidantes y ácidos grasos omega 3.

Su perfil completo de aminoácidos y su bajo impacto ambiental las posicionan como ingrediente estratégico en la industria de alimentos plant-based y suplementos. Se comercializan en polvo, tabletas o cápsulas, y pueden incorporarse a batidos, sopas o productos horneados.

Para adultos mayores con bajo apetito o requerimientos aumentados, estas fuentes concentradas representan una alternativa práctica para complementar la dieta. No sustituyen a los alimentos frescos, pero amplían el abanico de opciones en un escenario donde la longevidad demanda estrategias nutricionales cada vez más precisas.

Asegurar proteínas de calidad después de los 50 no es una tendencia pasajera, sino una inversión concreta en movilidad, independencia y calidad de vida.

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