El consumo de suplementos alimenticios se ha disparado en los últimos años, transformando un nicho de mercado en una industria global que mueve decenas de miles de millones de dólares al año, impulsada por un marketing agresivo, influencers digitales y promesas de bienestar que, muchas veces, no tienen una base sólida de evidencia científica.
Sin embargo, esta tendencia —que incluye vitaminas, minerales, hierbas medicinales, probióticos y otros compuestos— también plantea interrogantes sobre su verdadera utilidad, su regulación y sus riesgos reales para la salud.
Hoy en día, casi seis de cada diez adultos en Estados Unidos toman al menos un suplemento dietético, y más de un tercio de niños y adolescentes también lo hace, aunque la mayoría no presenta deficiencias nutricionales que lo justifiquen. Los suplementos alimenticios, según la legislación de la Food and Drug Administration (FDA), se consideran alimentos y no medicamentos, lo que significa que no están sujetos a los rigurosos ensayos clínicos previos a la venta que sí se exigen a los fármacos. Esto deja un amplio margen para productos con dosis, pureza y contenidos que pueden variar considerablemente de un lote a otro o incluso contener contaminantes.
Para profesionales de la industria, entender dónde está el valor real —y dónde solo hay humo de marketing— es esencial. Existen casos en los que la suplementación está bien respaldada por evidencia clínica, como sucede con ácido fólico en embarazadas o vitamina B12 en dietas veganas estrictas, donde la deficiencia está científicamente demostrada y su corrección previene complicaciones claras. También hay compuestos con datos robustos como creatina para la función energética muscular, o omega-3 con algunos beneficios cardiovasculares en poblaciones específicas según estudios recientes.
Pero más allá de estos ejemplos, la evidencia científica falla en respaldar la mayoría de las afirmaciones publicitarias que rodean a muchos suplementos populares. Por ejemplo, estudios amplios muestran que la mayoría de los productos de aceite de pescado (fish oil) comercializados para la salud del corazón hacen promesas que no están sustentadas por ensayos clínicos sólidos, y algunos incluso pueden tener efectos adversos como arritmias en ciertas condiciones.
Cinco realidades basadas en evidencia científica
No son necesarios para todos: Los suplementos suelen ser útiles únicamente en casos con deficiencias confirmadas mediante análisis clínicos o en situaciones fisiológicas especiales, como embarazo, cirugía bariátrica o dietas altamente restrictivas. Consumirlos “por si acaso” sin una evaluación profesional no solo es innecesario, sino potencialmente dañino.
“Natural” no implica seguro: El etiquetado de productos como “natural” o “botánico” a menudo se usa con fines comerciales, pero no garantiza seguridad ni eficacia. Incluso suplementos herbales pueden tener contaminantes como metales pesados o micotoxinas, y algunos compuestos botánicos interactúan con medicamentos comunes.
La dieta importa más: La absorción de nutrientes de alimentos completos suele ser superior a la de suplementos aislados; además, muchos efectos fisiológicos dependen de combinaciones de compuestos que no se reproducen en tabletas o polvos.
Más no es mejor: Dosis excesivas de vitaminas liposolubles o minerales pueden acumularse y causar toxicidad (por ejemplo, exceso de vitamina A o D, o desequilibrios entre hierro y otros oligoelementos).
No solucionan todo: Aunque algunos suplementos tienen beneficios modestos, su efecto suele ser pequeño comparado con intervenciones básicas de salud como nutrición adecuada, ejercicio regular y manejo del estrés. No deben sustituir tratamientos médicos basados en evidencia.
Conclusión para la industria y el profesional
El mercado global de suplementos continúa expandiéndose, con proyecciones de crecimiento en los próximos años. Pero el auge comercial debe ir de la mano de rigor científico y educación al consumidor. Para las empresas y profesionales de la salud, esto significa invertir en investigación clínica adecuada, transparentar la evidencia detrás de cada formulación y promover el uso responsable —basado en diagnóstico, no en moda— para evitar riesgos, desperdicio económico y, en algunos casos, daños a la salud.



