El reciente acuerdo comercial entre la Unión Europea (UE) y el Mercosur, que tras más de 25 años de negociaciones fue firmado y avanza hacia su implementación provisional este año, representa una nueva etapa de integración económica para el sector agroindustrial brasileño y sudamericano en general.
La asociación une mercados que, en conjunto, suman más de 700 millones de consumidores y un PIB superior a los €20 billones, configurando una de las zonas de libre comercio más grandes del mundo.
Según la Asociación Brasileña de las Industrias de Alimentos y Bebidas (ABIA), entidad que canaliza la voz del sector que procesa más del 60 % de la producción agrícola brasileña, el acuerdo es un “instrumento estratégico para fortalecer la seguridad alimentaria, la previsibilidad del comercio y la capacidad de agregar valor a las cadenas productivas”. Esta perspectiva subraya que la importancia del pacto trasciende la simple reducción de aranceles: su valor radica en la estabilidad institucional y normativa que ofrece a los inversores y agentes productivos.
La industria alimentaria brasileña —que ha convertido a Brasil en uno de los mayores exportadores de alimentos procesados por volumen en el mundo— visualiza con claridad los beneficios potenciales. Para 2025, el país habría exportado productos alimentarios procesados por US $66 800 millones, con US $8 700 millones destinados a Europa, y el sector representa cerca del 10,8 % del PIB brasileño, empleando directamente a 2,1 millones de trabajadores.
Desde un punto de vista económico, el acuerdo implica la eliminación gradual de aranceles a la mayoría de bienes intercambiados entre ambas regiones, con Mercosur liberalizando cerca del 92 % de sus exportaciones hacia la UE y la UE del 91 % de las suyas hacia Mercosur en plazos de hasta 10–15 años.
Las proyecciones sectoriales sugieren que, a corto plazo, el crecimiento del segmento de alimentos y bebidas sería moderado, con aumentos anuales estimados entre 1 % y 2 %, mientras que a largo plazo podría subir entre 6 % y 8 %, con ventas anuales potenciales que podrían alcanzar unos R$ 3,5 mil millones y la creación de hasta 30 000 nuevos empleos en Brasil, según estimaciones de ABIA.
El tratado no solo abre puertas a mayores volúmenes de comercio, sino que también promueve inversiones en tecnología, innovación industrial y bioeconomía, generando incentivos para productos de mayor valor agregado, ingredientes especializados y procesos productivos más eficientes. Esto es clave para que Brasil y los países del Mercosur transiten de una lógica basada en commodities hacia una agroindustria competitiva global con marcas propias y certificaciones de calidad.
Para los agricultores y las cadenas de suministro, la previsibilidad y certidumbre que ofrece el acuerdo posibilita negociaciones más equilibradas con la industria y los distribuidores, fortaleciendo las relaciones comerciales y reduciendo la volatilidad de mercados que, en años recientes, se ha visto afectada por tensiones geopolíticas y comerciales globales.
En el ámbito europeo, los beneficios también son significativos: según estimaciones de la Comisión Europea, las exportaciones de productos agrícolas de la UE podrían aumentar hasta un 50 % debido a los menores aranceles y el acceso ampliado a mercados sudamericanos, especialmente para productos como vino, aceite de oliva, chocolates y otros alimentos de calidad diferenciada.
No obstante, la ratificación política del acuerdo aún enfrenta desafíos en el Parlamento Europeo y en algunos países miembros que buscan reforzar salvaguardas para sus agricultores tradicionales y garantizar estándares estrictos de sanidad, seguridad alimentaria y sostenibilidad.
En síntesis, para el sector agroindustrial brasileño, el acuerdo UE-Mercosur no solo representa una oportunidad para ampliar su participación en el comercio global, sino también para propiciar inversiones orientadas a valor agregado, innovación y desarrollo sostenible, consolidando así a Brasil como un actor aún más competitivo en el comercio internacional de alimentos.



