Los colores naturales dejaron de ser un simple atributo estético para convertirse en un componente estratégico dentro de la industria de alimentos y bebidas. Así lo confirma el informe Color Trends 2026 de Oterra, elaborado a partir de una encuesta global a 2.600 consumidores en 13 países, que analiza cómo las personas conectan emocionalmente el color con el propósito, la funcionalidad y la experiencia sensorial de los productos que consumen a diario.
El estudio muestra que el color ya no solo se observa, sino que se experimenta. Para los consumidores, los tonos naturales funcionan como señales inmediatas de bienestar, confianza y calidad. Esta percepción tiene implicaciones directas en el desarrollo de productos, el posicionamiento de marca y la diferenciación en anaquel, especialmente en un contexto de alta competencia y consumidores cada vez más informados.
Uno de los principales hallazgos es la consolidación de los alimentos funcionales como motor de crecimiento. La demanda se orienta hacia productos elaborados con ingredientes reconocibles, perfiles nutricionales claros y colores vibrantes de origen natural. El foco ya no está en “corregir” deficiencias, sino en potenciar la salud general mediante proteínas, fibra, vitaminas y compuestos bioactivos, reduciendo azúcares añadidos, aditivos artificiales y formulaciones innecesariamente complejas.
El 70 % de los consumidores encuestados manifestó un alto interés en beneficios funcionales como el apoyo al sistema inmune, la salud cardiovascular, la digestión, el bienestar mental, la calidad del sueño y el envejecimiento saludable. En este contexto, el color cumple una función comunicacional clave: el 43 % prioriza colores provenientes de ingredientes naturales, incluso por encima de beneficios específicos como inmunidad o salud digestiva.
Las asociaciones cromáticas refuerzan estas expectativas. Tonos cálidos como el naranja se vinculan de manera intuitiva con vitalidad y energía, mientras que los azules —incluido el turquesa— evocan calma, relajación y equilibrio mental. El rojo, por su parte, mantiene una fuerte relación con la salud del corazón y la fuerza física, lo que explica su presencia recurrente en bebidas funcionales y suplementos.
Más allá de la funcionalidad, el informe revela que los alimentos y bebidas se posicionan cada vez más como herramientas de autocuidado emocional. El consumo se asocia con momentos de confort, alegría y conexión personal, donde el color actúa como detonante emocional inmediato. A nivel global, el 61 % de los consumidores declara interés en experiencias emocionales a través de la alimentación, cifra que asciende al 74 % entre la Generación Z y los Millennials, segmentos clave para la innovación futura.
El color verde destaca por su asociación con salud, naturalidad y equilibrio emocional, mientras que el amarillo se relaciona con diversión, optimismo y energía, atributos valiosos para categorías como snacks, bebidas refrescantes y productos dirigidos a públicos jóvenes. Estos códigos visuales influyen directamente en la percepción del sabor, la frescura y el valor percibido del producto.
Un hallazgo relevante es el potencial de los colores inesperados para impulsar el interés. Entre consumidores más exploradores, el atractivo de alimentos y bebidas que combinan emoción y tonalidades no convencionales alcanza el 50 %. En este escenario, el color rosa aparece como una oportunidad subexplotada. A pesar de su amplia aceptación, sigue teniendo baja presencia estratégica, aun cuando se asocia con diversión, creatividad e inspiración, atributos alineados con tendencias de indulgencia consciente y experiencias sensoriales diferenciadas.
Para la industria, estas conclusiones refuerzan la necesidad de integrar el color como parte central de la propuesta de valor, no solo desde la formulación, sino también desde la narrativa del producto, la innovación y la conexión emocional con el consumidor.



