El Gobierno de Estados Unidos presentó una actualización sustancial de sus Guías Alimentarias para los Estadounidenses, el marco oficial que orienta las recomendaciones nutricionales del país y que se revisa cada cinco años.
El anuncio, realizado ayer 7 de enero desde la Casa Blanca, marca un giro relevante en la narrativa alimentaria oficial al instar a la población a reducir el consumo de carbohidratos refinados y alimentos ultraprocesados, al tiempo que prioriza los alimentos integrales, las frutas, las verduras, las grasas saludables y las fuentes de proteína.
La nueva propuesta fue presentada por el secretario de Salud y Servicios Humanos, Robert F. Kennedy Jr., acompañado por la secretaria de Agricultura, Brooke Rollins, y otros funcionarios del área sanitaria. Durante la conferencia, Kennedy aseguró que estas directrices buscan “hacer que Estados Unidos vuelva a ser un país saludable”, y afirmó que el cambio “revolucionará la cultura alimentaria de la nación”.
El elemento más visible del anuncio fue la difusión de una pirámide alimentaria actualizada. A diferencia de modelos anteriores, el gráfico sitúa en un mismo nivel a las verduras, las frutas, la carne, los lácteos y las grasas saludables. En la base aparecen los granos integrales ricos en fibra, como la avena, mientras que los productos ultraprocesados quedan explícitamente desaconsejados. El mensaje central apunta a reducir el azúcar añadido y los alimentos industrializados, y a favorecer patrones alimentarios más cercanos a productos frescos y mínimamente procesados.
Desde el punto de vista de la salud pública, la administración subraya que el cambio responde a la creciente prevalencia de obesidad, diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares en el país. Datos federales indican que cerca del 55% de las calorías consumidas por el estadounidense promedio provienen de alimentos ultraprocesados, entre ellos productos horneados industriales, snacks salados, dulces envasados y bebidas azucaradas. Diversos estudios científicos han vinculado este patrón con mayor riesgo de inflamación crónica, síndrome metabólico y mortalidad prematura.
La reacción entre expertos en nutrición y defensores de la salud pública fue mixta. El llamado a reducir el consumo de azúcar y alimentos ultraprocesados fue ampliamente respaldado por la comunidad científica. Marion Nestle, profesora emérita de nutrición de la Universidad de Nueva York, calificó esta recomendación como “muy sólida” y dijo apoyarla “de todo corazón”. No obstante, también cuestionó el énfasis en la proteína animal y los lácteos enteros, al que describió como “confuso, contradictorio, ideológico y retro”.
Desde una óptica regulatoria y comercial, algunos especialistas advirtieron que las nuevas directrices podrían beneficiar a sectores específicos de la industria alimentaria. Nestle señaló que el rediseño de la pirámide representa una victoria para las industrias cárnica y láctea, mientras que Peter Lurie, presidente del Centro para la Ciencia en el Interés Público, afirmó que el énfasis en proteína animal, mantequilla y lácteos enteros “socava los consejos basados en la ciencia” y podría tener efectos negativos sobre la salud cardiovascular a largo plazo.
Para la industria de alimentos y bebidas, las nuevas guías representan tanto un desafío como una oportunidad. El endurecimiento del discurso contra los ultraprocesados presiona a los fabricantes a reformular productos, reducir azúcares y mejorar perfiles nutricionales. Al mismo tiempo, el respaldo oficial a alimentos ricos en proteína y grasas saludables podría estimular inversiones en productos de mayor valor agregado, desde carnes y lácteos hasta alternativas funcionales.
Más allá de la controversia, el cambio confirma que la política alimentaria estadounidense entra en una nueva etapa, con implicaciones directas para la salud pública, la industria agroalimentaria y los patrones de consumo de millones de ciudadanos.



