FoodNewsLatam - El vino mexicano abandona sus reglas para acompañar la cotidianidad

El vino mexicano abandona sus reglas para acompañar la cotidianidad

México Bebidas

Durante décadas, descorchar una botella de vino en México estuvo reservado para aniversarios, cenas formales o celebraciones de peso. Esa lógica se está desmoronando: hoy es cada vez más habitual ver una copa acompañando un brunch dominical, una comida entre amigos, una tarde de cocina casera o una sobremesa sin ningún motivo especial que la justifique.

El cambio no es casual.

La categoría enfrenta el reto de conectar con generaciones que beben con menor frecuencia y de forma más consciente. La Generación Z, que representa cerca de una cuarta parte de la población mexicana, consume alcohol de manera más esporádica y muestra mayor afinidad por bebidas saborizadas, ligeras y de baja graduación, un patrón que obliga a las marcas de vino a repensar su propuesta si quieren mantenerse relevantes entre los consumidores más jóvenes.

Frente a ese escenario, Riunite apuesta por ampliar la categoría con su Lambrusco naturalmente dulce de apenas 8% de alcohol, una etiqueta de tradición italiana nacida en la región de Emilia-Romaña que busca acercarse a nuevas audiencias sin renunciar a la identidad que la convirtió, durante más de siete décadas, en una de las marcas de Lambrusco más reconocidas a nivel mundial. La compañía, que llegó a producir más de un millón de hectolitros anuales y concentra buena parte de su comercialización internacional en Estados Unidos, Canadá y México, mantiene en el país una posición relevante dentro del canal de autoservicio, donde el formato de vino espumoso y afrutado ha encontrado terreno fértil entre consumidores que buscan opciones accesibles y versátiles.

Jonathan Campos, Director de Marketing de IDI —empresa responsable de la comercialización de Riunite en México—, sostiene que el vino está dejando atrás los protocolos que durante años marcaron su consumo. Una misma botella, explica, puede reunir a distintas generaciones alrededor de una mesa familiar, pero también acompañar una cena entre amigos o una reunión espontánea, una flexibilidad que abre la puerta a audiencias que privilegian experiencias auténticas y sencillas por encima de los rituales tradicionales.

Esa relación con el vino varía notablemente según la generación.

Los Baby Boomers y buena parte de la Generación X mantienen un vínculo ligado a las celebraciones familiares y a los momentos construidos alrededor de una mesa compartida. Los Millennials, en cambio, ampliaron las ocasiones de consumo hacia cenas casuales, escapadas de fin de semana y encuentros después del trabajo, donde compartir pesa tanto como lo que hay en la copa. La Generación Z acelera esa transformación con un consumo más espontáneo, menos normado, orientado a etiquetas versátiles que puedan disfrutarse con naturalidad en terrazas, restaurantes o reuniones informales.

El comportamiento del mercado confirma esta reconfiguración: aunque el vino tinto conserva el liderazgo en volumen, crece con fuerza el interés por rosados, espumosos y vinos jóvenes, categorías asociadas a la frescura y a la versatilidad que hoy demandan los consumidores urbanos.

Para acompañar este giro cultural, Riunite construyó una estrategia de comunicación con tres figuras que representan distintos estilos de vida: Isabel Lascurain, ligada a las tradiciones familiares; Wattsopa, que encarna la espontaneidad millennial; y Andy Badillo, que conecta con una generación en busca de experiencias auténticas y un estilo de vida más ligero.

El mensaje de fondo es claro para la industria: el vino ya no necesita una ocasión especial para abrirse. Puede comenzar en una mesa llena de amigos, una receta improvisada en casa o un brunch que se extiende más de lo previsto, y ahí es precisamente donde las marcas buscan hoy construir su próximo ciclo de crecimiento.

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