Chile y México están convirtiendo la agrovoltaica en una respuesta concreta a dos presiones que ya se sienten en el campo: el aumento del costo energético y la escasez de agua, la idea es simple y potente a la vez: usar la misma superficie para producir alimentos y electricidad, sin expulsar a la agricultura de tierras valiosas.
En Chile, uno de los desarrollos más visibles se ha probado en huertos de cerezos en la región del Maule y en ensayos con hortalizas en la Región Metropolitana, la apuesta combina paneles fotovoltaicos elevados o distribuidos estratégicamente para permitir el paso de maquinaria, regular la radiación y disminuir el estrés térmico sobre los cultivos. En un país golpeado por la sequía, esa sombra parcial puede traducirse en menor evaporación y mejor eficiencia hídrica.
El concepto no se limita a poner paneles sobre un predio agrícola. Requiere estudiar altura, orientación, densidad de instalación y tipo de cultivo para evitar pérdidas de rendimiento. Algunas especies toleran mejor la sombra intermitente y hasta pueden beneficiarse de ella, mientras que otras necesitan más exposición directa. Por eso, el diseño agrovoltaico funciona mejor cuando se adapta al cultivo y al clima local, en lugar de aplicar un esquema único.
México también avanza en esta dirección y ya cuenta con una parcela agrovoltaica de referencia en el país, ubicada en el sur de la capital. Allí conviven paneles solares y cultivos en una misma unidad productiva, con el objetivo de mejorar la calidad agrícola y abrir una vía de innovación para pequeños y medianos productores. En un mercado donde la volatilidad del precio de la energía impacta de lleno en el bombeo, el riego y la cadena de frío, esta alternativa gana atractivo económico.
El interés comercial no es menor. Para el sector agrícola, la agrovoltaica puede reducir gastos eléctricos, estabilizar producción y mejorar la rentabilidad por hectárea al sumar dos flujos de ingreso: cosecha y energía. Para las empresas solares, en cambio, ofrece una ventaja estratégica frente a la competencia por suelo: permite instalar capacidad renovable sin desplazar completamente el uso agrícola del terreno.
En términos científicos, el valor de estos sistemas está en su capacidad para modificar el microclima. La sombra parcial puede bajar la temperatura del suelo, conservar humedad y disminuir la transpiración de las plantas. A la vez, ciertos paneles semitransparentes o bifaciales aprovechan mejor la radiación disponible y pueden integrarse con cultivos de ciclo corto, berries, vides u hortalizas, siempre que la planificación agronómica sea precisa.
También hay retos. La inversión inicial es mayor que la de una planta solar convencional o que la de un predio agrícola sin tecnología. Además, se necesita regulación clara, estudios de impacto por cultivo y modelos financieros que permitan escalar los proyectos. Sin reglas estables, la agrovoltaica corre el riesgo de quedar confinada a pilotos, aunque la evidencia ya muestra que puede ser una herramienta útil frente al cambio climático.
Para Chile y México, el mensaje es claro: el futuro del campo no necesariamente pasa por elegir entre energía o alimentos, en varios territorios, ambas cosas pueden crecer juntas bajo el mismo sol.



