Brasil se perfila como uno de los territorios más prometedores del planeta para la exploración comercial de microalgas, un recurso biológico que combina bajo costo de cultivo con una capacidad extraordinaria de generar compuestos de alto valor agregado para la industria alimentaria, cosmética, energética y agrícola.
La inmensa biodiversidad acuática del país, que según estimaciones científicas podría albergar hasta una cuarta parte de las especies de microalgas de agua dulce existentes en el mundo, se convirtió en la base de una nueva ola de investigación aplicada que busca traducir ese potencial genético en negocios escalables.
El atractivo biotecnológico de estos microorganismos radica en su simplicidad estructural y su metabolismo fotosintético, que les permite crecer con requerimientos nutricionales mínimos y velocidades de multiplicación muy superiores a las de cultivos vegetales convencionales. Esa combinación habilita su producción tanto en fotobiorreactores cerrados, que permiten controlar con precisión parámetros bioquímicos y físico-químicos, como en estanques abiertos tipo raceway pond, de menor costo operativo pero con mayor exposición a contaminación biológica.
En el terreno industrial, ya operan al menos cuatro compañías brasileñas dedicadas a la producción comercial de microalgas: dos concentradas en el nordeste del país, orientadas a nutrición humana y animal, y dos más en el interior paulista, que abastecen a las industrias cosmética y de raciones, además de participar en proyectos de tratamiento de efluentes. El principal desafío que enfrenta el sector para escalar sigue siendo la reducción del costo de producción, condición indispensable para competir en mercados que exigen grandes volúmenes a precios bajos, como el de los biocombustibles.
Precisamente en biocombustibles se concentra una de las líneas de investigación más avanzadas del país. Equipos científicos del Centro de Investigaciones de Petrobras, en articulación con universidades federales de Río Grande del Norte, Río de Janeiro y Viçosa, trabajan en la producción a escala comercial de biodiésel y bioqueroseno de aviación a partir de biomasa microalgal, una alternativa que gana relevancia en momentos en que la industria de la aviación enfrenta presión regulatoria creciente para reducir su huella de carbono.
El campo agrícola constituye otro frente de expansión relevante. La biomasa de microalgas funciona como plataforma viva de compuestos multifuncionales aplicables en biofertilizantes y bioestimulantes, capaces de mejorar el rendimiento de cultivos mientras reducen la dependencia de insumos químicos de síntesis. Esa aplicación conecta directamente con la agenda de economía circular que impulsa buena parte del sector: procesos de biorremediación, como el tratamiento de efluentes industriales y la captura de dióxido de carbono, generan biomasa que luego se reincorpora como insumo productivo, cerrando el ciclo con bajo impacto ambiental.
Startups regionales también empiezan a capitalizar este nicho con enfoques diferenciados. Una compañía surgida del ecosistema de investigación de la Universidad Federal de Río Grande, en el litoral sur gaúcho, desarrolló un banco de cepas adaptadas a las condiciones específicas de la Laguna de los Patos y las zonas costeras del Atlántico Sur, una ventaja competitiva que le permite ofrecer blends de microalgas verdes, azules y rojas con alta concentración de compuestos bioactivos naturales.
El respaldo científico institucional resulta clave para sostener este crecimiento: organismos como Embrapa supervisan la introducción segura de nuevos metabolitos derivados de microalgas en los biomas brasileños, garantizando que la expansión comercial no comprometa la integridad de ecosistemas sensibles como la Amazonía, el Pantanal y el Cerrado. Con una biodiversidad prácticamente inexplorada y una infraestructura científica cada vez más consolidada, Brasil aspira a posicionarse como referencia global en la producción sostenible de compuestos derivados de microalgas durante la próxima década.













