México dio un paso sustantivo este 2026 al aproximar por primera vez cuánto alimento se pierde antes de llegar al consumidor, un dato que será determinante para planear inversiones, políticas públicas y estrategias de eficiencia en toda la cadena agroalimentaria.
En un ejercicio piloto coordinado por el Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), México estimó que alrededor del 9.31% de una canasta seleccionada de alimentos se pierde entre la cosecha y su venta final.
Este cálculo preliminar forma parte del indicador 12.3.1.a de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas, que mide las pérdidas a lo largo de la cadena de suministro desde el momento posterior a la cosecha hasta antes de que el producto llegue a manos del consumidor. La meta global para 2030 es reducir a la mitad las pérdidas y el desperdicio de alimentos, un objetivo estrechamente ligado a la seguridad alimentaria, la sostenibilidad de recursos y la resiliencia del sector agroalimentario.
Canasta y metodología
El piloto se basó en información disponible de la Encuesta Nacional Agropecuaria (ENA) 2019 y estudios complementarios. La canasta analizada incluyó 11 productos esenciales para el abasto alimentario del país: maíz blanco, trigo, frijol, jitomate, cebolla, calabacita, aguacate, limón, naranja, plátano y manzana.
La elección de estos cultivos responde tanto a su peso en el valor de la producción nacional como a su importancia comercial y nutricional. Por ejemplo, el maíz y el frijol no solo son pilares de la dieta mexicana, sino también de las exportaciones e importaciones agrícolas del país, con mercados estrechamente vinculados a los flujos comerciales de Estados Unidos y Centroamérica. (dato comercial conocido del sector agrícola, reflejando la relevancia de estos cultivos para los negocios agroindustriales).
La estimación de 9.31% constituye sólo una etapa inicial y no cifras oficiales, de acuerdo con la FAO. Sin embargo, representa un referente metodológico incipiente para que México transite hacia mediciones periódicas y comparables internacionalmente.
Complejidad de las pérdidas
Medir pérdidas alimentarias no es trivial: implica desagregar información a lo largo de múltiples eslabones —desde la cosecha, manejo postcosecha, almacenamiento, transporte, procesamiento y hasta la comercialización mayorista—. La FAO destaca que estos procesos deben capturar variaciones por producto, región y tipo de infraestructura para ser efectivos.
A nivel global, estimaciones de la propia FAO señalan que las pérdidas alimentarias después de la cosecha representan cerca del 13.3% de la producción mundial, variando según regiones y tipo de cultivo. En este contexto, el dato mexicano se ubica por debajo del promedio global, aunque aún señala áreas de oportunidad en infraestructura y logística.
Implicaciones y próximos pasos
Más allá de contabilizar pérdidas, la medición apunta a tener mejores datos para análisis de costo-beneficio y toma de decisiones en ámbitos como la optimización de inventarios, inversión en infraestructura de frío, y mejor coordinación entre productores y distribuidores. Expertos del sector estiman que una pérdida significativa de alimento tiene impactos directos en costos logísticos y comerciales, así como en la huella ambiental del sistema alimentario. (Basado en análisis técnicos sobre pérdidas vs valor de producción).
La FAO recomendó fortalecer estas estimaciones, incorporar productos pecuarios y ampliar el análisis a toda la cadena agroalimentaria en estudios futuros. Además, la metodología permitirá evaluar si es viable generar este indicador usando datos del Censo Agropecuario 2022 y de la ENA 2025, lo cual podría consolidar una base de datos nacional sólida para el seguimiento del ODS 12.3.1.a y facilitar comparaciones temporales e internacionales.
Este ejercicio posiciona a México como referente regional en la medición de pérdidas alimentarias y abre la puerta a que los sectores público y privado diseñen estrategias más eficaces para reducir desperdicios, optimizar recursos y contribuir al cumplimiento de la Agenda 2030 de la ONU.













