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Comemos más por la textura de los ultraprocesados, no por su sabor

Internacional Ingredientes

A comienzos de los años 2000, investigadores de la Universidad de Oxford pusieron auriculares a un grupo de voluntarios mientras comían papas fritas tipo Pringles. Al alterar en tiempo real el sonido de la masticación para realzar las frecuencias agudas, los participantes percibieron el mismo producto como 15% más crujiente y fresco. El experimento probó algo que la industria conocía por intuición: la experiencia de un alimento depende de factores sensoriales que van mucho más allá del gusto.

Esa intuición tomó nombre técnico en 2007, cuando el científico de alimentos Steven Witherly describió la "densidad calórica evanescente". El concepto alude a productos con una estructura muy particular, como las papas fritas o los cereales de desayuno: se perciben firmes al primer contacto, pero se funden casi de inmediato en la boca, de modo que el cerebro apenas alcanza a registrar cuánto se ha ingerido.

El ensayo que lo demostró

Durante años, esa idea fue una hipótesis razonable sin comprobación directa. El equipo del científico Ciarán Forde, en Países Bajos, la sometió a un ensayo controlado con 41 adultos sanos, que siguieron dos dietas de dos semanas cada una. Ambas estaban compuestas en 95% por alimentos ultraprocesados, con las mismas calorías, la misma densidad energética, igual número de porciones y un nivel de sabor equivalente. La única variable era la textura: en una dieta los alimentos eran blandos y evanescentes; en la otra, exigían masticar más.

Los resultados fueron nítidos. Con la textura blanda, los participantes comieron a un ritmo de 117 gramos por minuto, frente a 82 gramos con la textura firme. Esa diferencia de velocidad se tradujo en 2.671 calorías diarias frente a 2.301, unas 370 más, aproximadamente 15% de consumo adicional. Lo llamativo es que, en ambos casos, los voluntarios reportaron la misma saciedad y el mismo grado de satisfacción: comieron más sin darse cuenta.

Por qué el ritmo importa

La explicación fisiológica apunta al tiempo. Las señales de saciedad tardan alrededor de 20 minutos en llegar al cerebro, de modo que un alimento que se consume con rapidez permite ingerir más energía antes de que el organismo emita la orden de parar. La hipótesis de Forde es que la saciedad depende, en parte, del tiempo que la comida permanece en la boca: cuanto más se mastica, antes se activan esos mecanismos. Otro trabajo con ultraprocesados observó que las calorías se consumían hasta 50% más rápido, un fenómeno ligado directamente a la textura blanda que impone el procesamiento industrial.

Un dato incómodo para la industria y una oportunidad

Para los fabricantes, el hallazgo tiene una doble lectura. Por un lado, refuerza el cuestionamiento a ciertos productos cuya formulación busca, de manera deliberada, que se coman con rapidez. Por otro, abre una vía de reformulación que no depende únicamente de reducir azúcar, sal o grasa: modificar la estructura física de un producto, su dureza, su resistencia a la masticación o su velocidad de disolución, podría moderar el consumo sin sacrificar el sabor ni la aceptación del consumidor.

La discusión sobre el daño de los ultraprocesados sigue abierta y la ciencia aún no ofrece una respuesta definitiva. Pero este resultado aporta una pieza concreta: no se trata solo de qué se come, sino de cómo se diseña el alimento para que se coma.

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