La interprofesional francesa de frutas y hortalizas frescas llega a su 50 aniversario con una mirada puesta, entre otros destinos, en América Latina, en Fruit Attraction, que se realizará del 6 al 8 de octubre en Madrid, Interfel desplegará un stand de 1,024 metros cuadrados y 50 empresas exportadoras.
En una feria que funciona como punto de encuentro entre oferta europea y compradores de todo el mundo, incluida una nutrida presencia de importadores y distribuidores latinoamericanos.
El dato más concreto de la relación entre Francia y la región llegó el año pasado: la apertura del mercado mexicano a la manzana gala en 2025 permitió exportar cerca de 300 toneladas del producto, un volumen todavía modesto pero que marca la entrada formal de fruta francesa a uno de los mercados de consumo más grandes de América Latina.
Ese acceso se suma a una estrategia de diversificación más amplia que la interprofesional viene impulsando desde hace algunos años, en un contexto donde Europa sigue absorbiendo el 80% de las exportaciones hortofrutícolas francesas —2.23 millones de toneladas y 3,380 millones de euros en la temporada 2025-2026— y el resto del mundo, América Latina incluida, representa todavía una porción menor pero creciente del negocio.
El interés de Francia por abrir mercado en la región llega en un momento en que la fruticultura latinoamericana enfrenta a su vez el desafío de sostener posiciones ganadas en mercados de alto valor, muchos de los cuales coinciden con los que persigue Interfel.
Chile, principal exportador mundial de cerezas y una de las potencias globales en manzanas y uvas de mesa, exportó en la temporada más reciente 529,494 toneladas de manzanas, con una proyección revisada a la baja de 9% respecto a la estimación inicial, mientras que sus envíos de cereza alcanzaron 113.8 millones de cajas, con China absorbiendo el 87% de ese volumen.
La llegada de manzana francesa a México, aunque en cifras todavía bajas, introduce un nuevo competidor de origen europeo en un mercado que hoy es abastecido en gran parte por producción de Estados Unidos y Chile.
Ese cruce de intereses se profundiza en el frente asiático, donde tanto Francia como los países frutícolas latinoamericanos compiten por el mismo consumidor de mayor poder adquisitivo. Las exportaciones francesas a Asia crecieron 18% hasta 32,700 toneladas, con India casi duplicando su volumen de compra —de 3,600 a 7,600 toneladas— y China escalando de 1,500 a más de 3,000 toneladas.
En paralelo, Chile firmó este año tres nuevos acuerdos para exportar cerezas a mercados asiáticos como Vietnam, Indonesia y la propia China, en una estrategia de diversificación que busca reducir la dependencia del gigante asiático, hoy responsable de más del 85% de los envíos totales de cereza chilena.
El director internacional de Interfel, Daniel Soares, planteó que el verdadero desafío no es solo abrir mercados sino convertir el acceso sanitario y fitosanitario en relaciones comerciales estables, un problema que conocen bien los exportadores latinoamericanos que negocian protocolos fitosanitarios con Europa y Asia desde hace años.
Soares también advirtió sobre la vulnerabilidad logística que revelan crisis como la del Mar Rojo, capaces de encarecer y demorar el tránsito internacional de fruta fresca, una preocupación que comparten plenamente los exportadores de la región que dependen de rutas marítimas de larga distancia para llegar a Europa y Asia.
Para la agroindustria frutícola latinoamericana, la expansión comercial de Interfel hacia mercados como México representa tanto una señal de alerta como una oportunidad de aprendizaje.
Alerta, porque suma un competidor europeo de alto estándar sanitario a mercados donde la región ya compite intensamente; oportunidad, porque el modelo de trabajo colectivo entre productores franceses —construido durante cinco décadas bajo una misma organización interprofesional— ofrece un caso de estudio sobre cómo sostener competitividad y cohesión sectorial frente a los mismos desafíos que hoy enfrentan los exportadores de fruta de Chile, Perú y Argentina: cambio climático, presión de costos en la transición sostenible y una demanda internacional cada vez más exigente en calidad y trazabilidad.













