Hay bebidas que se beben de prisa y otras que exigen las dos manos alrededor del jarrito, el atole pertenece al segundo grupo: espeso, humeante y con una carga histórica que se desborda de la olla junto con el vapor, esa tradición tendrá una nueva cita en el **Campo de Béisbol Canosas**, sobre la Avenida Canosas, entre Clemátides y Hacienda de las Rosas, en Coacalco, Estado de México.
La entrada será gratuita y el evento celebra su edición 29, una permanencia poco común entre las ferias gastronómicas regionales del país, la oferta reunirá alrededor de cien preparaciones distintas, al lado del champurrado, la vainilla y la fresa —los sabores que dominan el imaginario popular— habrá versiones de guayaba, zarzamora, mango, maracuyá e higo, además de combinaciones más elaboradas como cajeta con nuez, cacahuate, galleta, flor de cempasúchil, mole y chile.
La feria también contempla tamales, pan dulce artesanal y quesadillas para acompañar, junto con juegos mecánicos, actividades culturales y música en vivo, cuyo cartel aún no se anuncia, en la edición 2025, el precio de referencia se movió en tres formatos: prueba en 5 pesos, vaso en 22 y litro en 85, cifras que colocan al atole entre las bebidas de mayor accesibilidad dentro de la oferta callejera mexicana frente al café de especialidad o los refrescos embotellados.
Ese margen de precio no es casualidad: el atole depende de un insumo con cadena de suministro robusta. México consume más de 40 millones de toneladas de maíz al año, buena parte del grano blanco destinado a tortilla, tamales y atole, mientras el amarillo importado abastece sobre todo al sector pecuario.
La industria molinera, concentrada en pocos grupos nacionales, sostiene decenas de miles de establecimientos, casi todos micronegocios de entre uno y cinco empleados, lo que explica por qué el atole sigue siendo un producto de venta directa y de feria más que de anaquel. Estudios de consumo en hogares mexicanos registran además que la bebida crece en temporada fría y en fechas como el Día de la Candelaria, cuando su ingesta semanal se dispara junto con la de los tamales.
Detrás del sabor hay además un proceso con respaldo científico: la nixtamalización, técnica mesoamericana que data de entre los años 400 y 500 antes de nuestra era. Consiste en hervir el maíz en una solución alcalina de cal, lo que suaviza el pericarpio y desencadena cambios medibles en su composición.
La literatura especializada documenta que este tratamiento multiplica hasta 30 veces la disponibilidad de calcio respecto al maíz crudo, libera la niacina —vitamina B3— reduciendo el riesgo de pelagra, aumenta el hierro asimilable y disminuye la presencia de micotoxinas. El almidón, cerca del 80% del grano, se gelatiniza durante la cocción, lo que explica la textura espesa del atole y favorece la formación de almidón resistente con función de fibra dietética.
El primer testimonio documentado del atole se atribuye a fray Bernardino de Sahagún, quien en 1565 registró la venta de bebidas calientes y frías hechas con masa de maíz molido, entonces llamadas *atol* o *atolli*.
Con los siglos, cada región adaptó la receta con ingredientes propios —en el Estado de México destacan el atole de arrayán y el de aguamiel— y la bebida se integró a rituales que van del bautizo al velorio, pasando por posadas y fiestas patronales, esa versatilidad entre lo dulce y lo salado, lo cotidiano y lo ceremonial, es la que Coacalco buscará condensar de nuevo este octubre en un solo jarrito.













