La fusión de 44.800 millones de dólares entre McCormick y la división de alimentos de Unilever, anunciada en marzo, tiene en América Latina uno de sus focos comerciales más explícitos.
En la teleconferencia con analistas tras el anuncio, el presidente ejecutivo de McCormick, Brendan Foley, señaló directamente a la región como un área prioritaria para capturar sinergias de ingresos, con un caso particular: la compañía estadounidense de especias, con 137 años de historia, no tiene presencia comercial en Brasil, el mayor mercado de consumo masivo de la región.
Esa ausencia se vuelve la pieza clave del razonamiento estratégico detrás del acuerdo. En Brasil, Unilever es dueña de marcas de alto reconocimiento en la cocina local —Hellmann's, Knorr, Maizena, Arisco, Lipton y Mãe Terra— y opera en Pouso Alegre, Minas Gerais, su mayor planta de alimentos en toda América Latina, con cinco décadas de funcionamiento. Ese portafolio y esa infraestructura de distribución ya instalada funcionan, en la práctica, como la plataforma que le permitirá a McCormick ingresar a un mercado donde hasta ahora era prácticamente desconocida para el consumidor final.
El planteamiento se replica en México, donde McCormick ya cuenta con una base previa gracias a la compra de Cholula en 2020, la marca de salsa picante que hoy se integrará al portafolio combinado junto con French's, Frank's RedHot y Maille. La compañía estadounidense facturó 6.840 millones de dólares en 2025 y, con la incorporación del negocio de Unilever, prácticamente triplicará su tamaño hasta alcanzar ingresos combinados cercanos a los 20.000 millones de dólares anuales, transformándose en la quinta empresa de alimentos más grande del mundo.
El propio Fernando Fernández, director ejecutivo de Unilever, reforzó esa lectura al señalar que la compañía estadounidense aporta una línea de productos sólida, mientras Unilever contribuye con infraestructura de distribución global ya consolidada, y citó a Asia y a América Latina como las geografías más evidentes para extraer valor de la combinación.
Para Brasil en particular, la ecuación resulta favorable: un mercado consumidor de más de 200 millones de personas y una cadena agroalimentaria entre las más grandes del planeta lo posicionan como candidato a convertirse en base estratégica regional de la nueva compañía.
La operación no altera, por ahora, la experiencia del consumidor latinoamericano en el corto plazo —ni los precios ni las fórmulas de los productos cambian mientras se completa el cierre—, pero sí anticipa una reconfiguración de la cadena de suministro y del poder de negociación frente a las grandes cadenas minoristas de la región, un aspecto crítico en mercados donde la inflación de alimentos y la competencia de marcas propias han presionado los márgenes de la industria durante los últimos años.
Detrás de la operación también hay una dimensión técnica: McCormick integrará los centros de investigación y desarrollo y la huella de manufactura de Unilever Foods, lo que amplía su capacidad de adaptar perfiles de sabor —niveles de sal, picante y umami— a las preferencias de cada mercado local, un factor determinante para competir con jugadores establecidos como Nestlé y Kraft Heinz en las góndolas de la región.
El cierre de la transacción, estructurada como un Reverse Morris Trust para optimizar su carga fiscal, está previsto para mediados de 2027, sujeto a la aprobación de accionistas de McCormick, autorizaciones regulatorias y consultas con consejos de trabajadores en Europa. Mientras tanto, la industria de alimentos en América Latina observa de cerca cómo se definirán las inversiones productivas y la eventual llegada de nuevas líneas de manufactura a la región, en un movimiento que sus propios ejecutivos describen como una de las oportunidades más claras de crecimiento dentro del acuerdo.













