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La lasaña impulsa la cadena agroalimentaria italomexicana

México Cereales / Panadería

La gastronomía italiana consolida su lugar en la mesa mexicana, y con ella arrastra a toda una cadena productiva nacional que va del campo triguero hasta la mesa del restaurante.

En el marco del Día Internacional de la Lasaña, la Cámara Nacional de la Industria de Restaurantes y Alimentos Condimentados (CANIRAC) puso cifras a un fenómeno que hasta ahora se percibía solo de forma anecdótica: únicamente durante las fiestas de fin de año, el país consume al menos 2.000 toneladas de esta pasta de trigo duro, un volumen que convierte a la temporada decembrina en el pico de demanda más pronunciado del calendario gastronómico italomexicano.

Detrás de ese consumo hay una red comercial que ya supera los 4.000 establecimientos de cocina italiana, concentrados principalmente en la Ciudad de México, Jalisco, Quintana Roo, Estado de México y Baja California. Claudia Ramírez, presidenta ejecutiva de CANIRAC, subrayó que este crecimiento no se limita al plato final: buena parte de esos restaurantes compra jitomate, albahaca, carnes, hongos y quesos artesanales de producción nacional, además de incorporar cada vez con más frecuencia maridajes con vinos mexicanos, lo que amplía el circuito de proveedores locales beneficiados por el auge de la pasta.

El eslabón agrícola de esa cadena tiene nombre y apellido: trigo cristalino, la variedad específica que se muele para elaborar espagueti, macarrones, lasaña y otros formatos de pasta seca. Sonora concentra cerca del 60% de la producción nacional de trigo grano, con más de 1,5 millones de toneladas cosechadas en los ciclos recientes, seguida a distancia por Baja California, Sinaloa y Guanajuato. Esa base productiva ha llevado a México a posicionarse entre los tres principales exportadores mundiales de trigo cristalino, con envíos que superan los dos millones de toneladas anuales hacia mercados como Estados Unidos y Centroamérica, un dato que coloca al país como proveedor relevante de la materia prima que sostiene a la industria pastera regional, y no solo como consumidor final de platillos de origen italiano.

La variable climática, sin embargo, ha introducido volatilidad en ese suministro: ciclos recientes de sequía en el noroeste llevaron a caídas superiores al 20% en la cosecha de trigo cristalino, lo que obligó a la industria molinera y pastera a recalcular abastecimiento e importaciones en años de menor disponibilidad, un riesgo que los actores de la cadena siguen monitoreando de cerca ante la dependencia estructural de las condiciones hídricas en Sonora y Baja California.

En el frente de calidad, el chef ejecutivo de la cadena Italiannis, Luis Monroy, aportó un criterio técnico que va más allá del gusto personal: la diferencia entre una lasaña bien lograda y una mediocre está en la firmeza y la textura de las capas, no únicamente en el sabor, que depende de los ingredientes de relleno. Una cocción precisa evita capas secas o gomosas y exige control estricto de tiempos de horneado y proporción de humedad entre pasta, salsa y relleno, variables que los estándares operativos de las cadenas de restaurantes italianos han comenzado a estandarizar para sostener consistencia entre sucursales.

El resultado es un ecosistema donde un platillo de origen europeo termina traccionando agricultura de exportación, ganadería, producción quesera artesanal y vitivinicultura nacional, evidencia de cómo la demanda gastronómica puede convertirse en un motor tangible para cadenas productivas locales que van mucho más allá del restaurante donde se sirve el plato.

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