El debate sobre el T-MEC tiene un componente que rara vez ocupa los titulares de las negociaciones comerciales pero que llega directamente al carrito del supermercado: el 35% de las verduras frescas disponibles en Estados Unidos proviene de importaciones, y México aporta el 69% de ese suministro.
El dato, revelado por la organización México ¿Cómo vamos? con cifras del Departamento de Agricultura estadounidense, convierte cualquier tensión arancelaria en un asunto de abasto cotidiano para millones de familias norteamericanas.
México exportó 50,000 millones de dólares en productos agroalimentarios en 2024 — superando a las remesas como principal fuente de divisas — y abastece el 22% de las importaciones alimentarias de Estados Unidos. Más del 70% de las importaciones agrícolas estadounidenses provenientes de México se concentran en hortalizas, frutas, bebidas y licores destilados, categorías donde el país ha consolidado una ventaja competitiva amplia. La dependencia es especialmente pronunciada en productos concretos: el 70% del suministro estadounidense de tomate provino de importaciones y México concentró el 90% de ese volumen. En frutas frescas, California importó más de 2,000 millones de dólares en berries mexicanas durante 2025, y el 88.4% de los aguacates consumidos en Estados Unidos fueron importados.
La estacionalidad juega a favor de México. Mientras el invierno limita la producción en Estados Unidos, los campos mexicanos mantienen el suministro activo. Esa complementariedad convierte al país en un proveedor estratégico en momentos en que la oferta interna estadounidense se reduce. Las importaciones de frutas y verduras frescas de México han aumentado más de 550% desde 2001, impulsadas por ventajas de costos y marcos regulatorios distintos a los de Estados Unidos, según legisladores del Congreso que paradójicamente piden restricciones mientras sus propios estados dependen de ese flujo.
El comercio funciona en ambas direcciones, y eso es precisamente lo que hace tan delicada la revisión del T-MEC. México se consolida como el principal socio agrícola de Estados Unidos al sumar exportaciones e importaciones. Maíz, carne de cerdo y productos lácteos encabezan la lista de lo que Estados Unidos coloca en el mercado mexicano, con casi tres cuartas partes de sus exportaciones agrícolas concentradas en granos, semillas oleaginosas y productos cárnicos. California, Texas y Luisiana concentraron más de 6,500 millones de dólares en exportaciones agrícolas hacia México durante 2025, lo que ilustra cuánto tienen que perder los propios agricultores estadounidenses si el tratado se convierte en campo de batalla político.
Las señales de alerta en el campo mexicano son reales. Entre enero y abril de 2026 el superávit agroalimentario cayó 20.8% respecto al mismo período de 2025. Las exportaciones de aguacate retrocedieron 23.6% y las de jitomate 11.9%, justo cuando Washington presiona por mecanismos de estacionalidad para limitar el ingreso de frutas y hortalizas mexicanas durante las temporadas de cosecha estadounidense. El Grupo Consultor de Mercados Agrícolas advirtió que esa propuesta es incompatible con el libre comercio establecido en el T-MEC y que México no debería aceptarla — y señaló que el país tiene cartas de alto impacto para responder: maíz, jarabe de alta fructosa, carne de cerdo y pollo estadounidenses.
La renegociación del T-MEC en julio de 2026 y los aranceles compensatorios estadounidenses sobre el tomate mexicano — fijados en 17.09% — representan amenazas tangibles para un sector cuyo 84% de las exportaciones se dirige a Estados Unidos y Canadá. Un estudio de la Universidad de Purdue estimó que debilitar el acuerdo podría elevar entre 12 y 13 puntos el índice de precios de alimentos en Estados Unidos, y que la integración comercial ha generado ahorros anuales de entre 500 y 700 dólares por hogar estadounidense. Jugar con el campo es jugar con la comida — y en esta ecuación, ninguno de los dos lados de la frontera sale ileso.













