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Estados Unidos redefine su dieta bajo fiebre proteica

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La proteína dejó de ser un macronutriente más para convertirse en protagonista absoluta del discurso nutricional en Estados Unidos. Impulsada por redes sociales, estrategias de mercadotecnia agresivas y un giro en las recomendaciones oficiales, la tendencia está reformulando la tradicional pirámide alimentaria y reconfigurando el negocio de alimentos y bebidas.

Cadenas como Starbucks han incorporado cafés y tés con leche fortificados con proteína de suero, mientras fabricantes de snacks lanzan palomitas, pretzels y barras con declaraciones de “alto en proteína” en el frente del empaque. El mercado global de proteína en polvo —liderado por el suero lácteo (whey), caseína y fuentes vegetales como arveja y soya— mantiene tasas de crecimiento de un dígito alto, impulsado por consumidores que asocian proteína con control de peso, masa muscular y saciedad prolongada.

La conversación digital amplifica el fenómeno. La doctora Andrea Deierlein, directora de Nutrición en Salud Pública de la Universidad de Nueva York, observa un aumento sostenido de contenidos en redes sociales —desde médicos hasta entrenadores— que promueven ingestas elevadas. No es un fenómeno nuevo: en 1933, un artículo en The Times ya defendía dietas ricas en carne magra como estrategia para perder peso, argumento que hoy resurge con fuerza.

En el plano fisiológico, varios ensayos clínicos indican que las dietas altas en proteína pueden elevar hormonas relacionadas con la saciedad, como el péptido similar al glucagón tipo 1 (GLP-1), lo que contribuye a reducir la ingesta calórica total. También se ha documentado un mayor efecto térmico de los alimentos proteicos frente a carbohidratos y grasas, así como un papel relevante en la preservación de masa magra durante la pérdida de peso. Sin embargo, persisten interrogantes sobre los efectos a largo plazo, particularmente en salud renal, equilibrio de micronutrientes y riesgo cardiovascular cuando la fuente principal es proteína animal rica en grasas saturadas.

El debate escaló tras la actualización de las Guías Alimentarias federales, presentadas por el secretario de Salud y Servicios Humanos, Robert F. Kennedy Jr.. Bajo el lema de “terminar con la guerra a la proteína”, el nuevo marco sugiere ingestas de entre 1,2 y 1,6 gramos por kilogramo de peso corporal al día, por encima del tradicional 0,8 g/kg recomendado para adultos sanos. El modelo prioriza proteínas de alta calidad biológica, lácteos enteros y grasas naturales, desplazando el énfasis histórico en la restricción de grasas saturadas.

La reacción no tardó. La American Heart Association reiteró que las grasas saturadas no deberían superar el 6 % de las calorías diarias y recomendó privilegiar proteínas vegetales, mariscos y carnes magras. El Physicians Committee for Responsible Medicine añadió que patrones basados en plantas se asocian con menor riesgo de diabetes tipo 2 y enfermedad cardiovascular, además de aportar fibra, ácido fólico y vitaminas como la D y B12 en productos fortificados.

Más allá del debate clínico, la proteína se consolida como vector de valor agregado. Un estudio de la consultora Empower, titulado “The Protein is Extra”, revela que 49 % de los consumidores percibe la proteína como un ingrediente premium por el que está dispuesto a pagar más, aunque 65 % considera que muchos productos enriquecidos tienen sobreprecio. El gasto promedio semanal en alimentos y bebidas proteicas ronda los 50 dólares, y 42 % de los clientes opta por versiones con “doble proteína”, proporción que asciende a 57 % entre los más jóvenes.

En este nuevo tablero, la industria reformula portafolios, optimiza cadenas de suministro de suero y proteínas vegetales aisladas, y ajusta alegaciones nutricionales para cumplir con normativas cada vez más escrutadas. La fiebre proteica no solo transforma la dieta estadounidense; redefine prioridades regulatorias, percepciones de salud y estrategias comerciales en toda la cadena de valor alimentaria.

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