La pregunta que detonó el nacimiento de Biointellectus no surgió en una sala de juntas ni en un laboratorio corporativo, sino en los pasillos universitarios. Víctor Flores, entonces estudiante de ingeniería en biotecnología, observaba cómo la tecnología digital avanzaba a un ritmo vertiginoso mientras la biotecnología parecía moverse con mayor lentitud.
“Veía salir una generación tras otra de smartphones y me preguntaba por qué no ocurría lo mismo con las tecnologías biológicas”, recuerda. Esa inquietud hoy se traduce en una empresa que busca transformar la industria del plástico en México.
Fundada en Monterrey, Biointellectus es una startup mexicana enfocada en el desarrollo de bioplásticos compostables a partir de almidón de origen industrial. Su objetivo es claro: escalar la producción de materiales que puedan sustituir al plástico convencional en sectores como alimentos, cosmética, empaques y gestión de residuos, sin exigir a la industria una reinvención completa de su infraestructura.
El proyecto comenzó a gestarse entre 2017 y 2019, cuando Flores empezó a vincular su interés por los biomateriales con herramientas de emprendimiento. “Entendí que no tenía que elegir entre hacer ciencia o crear impacto económico; el bioemprendimiento permite hacer ambas cosas”, explica. Entre 2020 y 2022 se consolidó el equipo fundador y se desarrollaron los primeros prototipos funcionales. A partir de 2023, la empresa entró en una fase de formalización, validación técnica y acercamiento comercial.
Actualmente, Biointellectus está integrada por cuatro socios fundadores con perfiles complementarios: Víctor Flores y Tania Acevedo, ambos ingenieros en biotecnología; Rafael Figueroa, psicólogo y consultor de negocios; y José María Ventura, economista y abogado. Esta combinación de ciencia, estrategia y marco legal ha sido clave para avanzar en un sector altamente regulado y competitivo. “La confianza y la complementariedad del equipo han sido determinantes para llegar hasta aquí”, señala Flores.
La empresa tomó una decisión estratégica: evitar procesos biotecnológicos complejos y costosos, como fermentaciones bacterianas o biorreactores especializados. En su lugar, desarrolló un proceso basado en almidón, una materia prima abundante, renovable y de bajo costo. “Utilizamos un residuo industrial rico en almidón y aplicamos modificaciones químicas que forman parte de nuestra propiedad intelectual”, explica el fundador.
Cerca del 80% del almidón que utiliza Biointellectus proviene de proveedores en Querétaro, lo que permite una cadena de suministro local, estable y con menores costos logísticos. El material se transforma mediante un proceso térmico-mecánico de extrusión, similar al que emplea la industria del plástico tradicional. El resultado es un termoplástico de almidón (TPS) que puede procesarse en maquinaria existente para fabricar bolsas, cubiertos, empaques flexibles o envases para cosmética.
Esta compatibilidad industrial es uno de los principales argumentos comerciales del modelo. A diferencia de otros bioplásticos que requieren inversiones elevadas para su adopción, el TPS de Biointellectus permite a los transformadores migrar hacia materiales compostables sin reemplazar completamente sus líneas de producción.
El contexto ambiental refuerza la urgencia de estas soluciones. Datos de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) indican que México genera más de 120 mil toneladas de residuos sólidos urbanos al día, y alrededor del 50% corresponde a residuos orgánicos. Sin embargo, la presencia de plásticos convencionales contamina estos flujos y dificulta su aprovechamiento en plantas de compostaje.
“Uno de los mayores cuellos de botella en la gestión de residuos orgánicos es la contaminación por plástico”, afirma Flores. “Si no sustituimos esos materiales, las composteras simplemente no funcionan”. En ese punto, los bioplásticos compostables dejan de ser solo una alternativa ambiental y se convierten en una pieza crítica de la economía circular que México busca consolidar.













