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Hambre emocional y obesidad: el desafío silencioso

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La relación entre las personas y la comida trasciende la necesidad biológica. En un entorno marcado por estrés laboral, sobreexposición digital y presiones sociales, la alimentación suele convertirse en un mecanismo de regulación emocional.

Este fenómeno, conocido como hambre emocional, ha cobrado relevancia en la conversación médica debido a su impacto en el sobrepeso y la obesidad, una de las principales amenazas de salud pública en México.

La doctora Carmen Celeste, gerente médica de obesidad en Merck México, explica que el hambre emocional se manifiesta cuando la ingesta responde a estados afectivos como ansiedad, tristeza o aburrimiento, más que a señales fisiológicas reales. A diferencia del hambre física —que aparece de forma gradual y puede satisfacerse con diversos alimentos—, la emocional suele ser repentina, intensa y orientada a productos específicos con alto contenido de azúcar, grasa o sal.

Diversos estudios en neurociencia han demostrado que este patrón está vinculado a circuitos de recompensa mediados por dopamina. Al consumir alimentos hipercalóricos, el cerebro activa mecanismos similares a los que participan en otras conductas impulsivas, generando una sensación momentánea de alivio. El problema surge cuando esta respuesta se convierte en hábito, reforzando un ciclo de estrés, consumo y culpa que deteriora el bienestar físico y mental.

México enfrenta un contexto particularmente complejo. Datos de la Federación Mundial de Obesidad ubican al país entre los primeros lugares mundiales en prevalencia de obesidad. Las proyecciones hacia 2030 estiman que cerca del 36,8 % de la población adulta podría vivir con esta enfermedad crónica, lo que equivaldría a más de 35 millones de personas. La obesidad incrementa el riesgo de diabetes tipo 2, hipertensión arterial, enfermedad cardiovascular y ciertos tipos de cáncer, además de elevar significativamente el gasto sanitario.

La especialista subraya que la obesidad es multifactorial: intervienen predisposición genética, entorno alimentario, hábitos conductuales y factores emocionales. Ignorar la dimensión psicológica limita la efectividad de cualquier estrategia terapéutica. En la práctica clínica, identificar el hambre emocional permite intervenir antes de que se consoliden patrones de consumo desregulado.

Entre los signos de alerta se encuentran comer como respuesta automática ante emociones intensas, experimentar antojos urgentes por alimentos altamente calóricos, dificultad para reconocer la saciedad y sentimientos de culpa posteriores a la ingesta. Estos indicadores, cuando son recurrentes, pueden señalar la necesidad de apoyo profesional.

El abordaje contemporáneo propone una estrategia integral. Además de orientación nutricional y actividad física estructurada, se recomienda incorporar herramientas de manejo del estrés, como técnicas de respiración, meditación o terapia cognitivo-conductual. Llevar un registro de emociones y horarios de alimentación también ayuda a distinguir entre hambre real y deseo emocional.

En casos de obesidad establecida, el tratamiento puede incluir intervenciones farmacológicas avaladas por guías clínicas internacionales, siempre bajo supervisión médica. El objetivo no es únicamente reducir peso, sino mejorar marcadores metabólicos, calidad de vida y salud mental.

En este escenario, Merck opera en México como parte de un grupo global con presencia en 66 países y ventas anuales superiores a €21 mil millones. Con cerca de 63.000 colaboradores en el mundo y 1.200 en territorio mexicano, la compañía desarrolla soluciones en Cuidado de la Salud, Ciencias de la Vida y Electrónica. Su participación en investigación clínica y educación médica continua refuerza el enfoque multidisciplinario necesario para enfrentar la obesidad.

Reconocer el hambre emocional no implica estigmatizar la conducta alimentaria, sino comprenderla. En un país donde el acceso a alimentos ultraprocesados es amplio y las jornadas laborales son extensas, integrar la salud emocional a las políticas de prevención puede marcar la diferencia. La evidencia indica que una intervención temprana y coordinada reduce complicaciones y mejora la adherencia terapéutica.

La conversación sobre obesidad evoluciona. Hoy se entiende que no basta con contar calorías: es indispensable escuchar lo que las emociones dicen antes de abrir el refrigerador.

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